15 marzo 2009

DIARIO DE UN OCIOSO
Domingo, 15 de marzo de 2009


Viernes noche. Empieza el fin de semana con una cena en el Gauchito’s Grill con María José, Yoli y Rafa. El festival cárnico y, sobretodo, la compañía hacen que empiece a disfrutar de la recién conquistada – aunque momentánea y limitada a 64 horas – libertad. Hace tiempo que no disfrutábamos de un rato los cuatro juntos y lo pasamos muy bien. Intentaremos repetir pronto.

El sábado pasa demasiado rápido entre series, largos paseos aprovechando un día que tiene sabor a primavera, siestas y placenteras actividades en Graceland. Y hoy domingo la cosa se plantea similar.

El viernes pasado, en un periódico gratuito, leía el socorrido artículo de los mejores principios de novela. El artículo no era demasiado bueno (no hay que pedir peras al olmo) pero me hizo pensar – una vez más – en alguno de esos principios que me han gustado y que recuerdo.

Sólo coincidíamos en “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo” y en el de “Lolita” de Nabokov: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

A mí también me gustan, por distintas razones, el de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura, la época de las creencias y también de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.”, el de “Las Benévolas” de Jonathan Litell: “Hermanos hombre, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me repicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro” o el de “Qué fue de los Mulvaney” de Joyce Carol Oates: “Éramos los Mulvaney, ¿nos recuerdan?”.

Hay otros que, como el de “El misterio de la cripta embrujada” de Eduardo Mendoza, no son tan brillantes, pero cada vez que los leo me hacen reír y consiguen que tenga ganas de seguir leyendo (que de eso se trata). Es largo, pero me apetecía ponerlo: ”Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, táctica por mí concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tantos elementos a nuestro favor. Todo iba bien; estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. Era una hermosa mañana de abril, hacía sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban el campo aparecían cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de primavera. Y a partir de ahí todo empezó a ir mal: el cielo se nubló sin previo aviso y Carrascosa, el de la sala trece, a quien había encomendado una defensa firme y, de proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido, y que su madre, desde el cielo, le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas anular el gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez iniciado el deterioro ya nadie pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decir, pendía de un hilo. Cuando vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose en los pases largos y, para que negarlo, precisos que yo le lanzaba desde el medio campo, comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos campeones”.

Dos muy breves: el de “Rebeca” de Daphne Du Maurier, “Anoche soñé que había vuelto a Manderley” y el de Francisco Casavella en “El secreto de las fiestas”: “Soy un raro de concurso. Un ni porqué, ni para qué, ni dónde”.

Y, para acabar, uno largo pero que me gusta mucho, el de “Muntaner 38” de José A. Garriga Vela:

Nunca he estado en América. Cuando coloreaba los mapas ponía especial interés en esa tierra y al dibujar su contorno, pensaba en visitarla mientras iba pintando de azul las fronteras. Mi padre también marcaba con el jaboncillo el contorno de los patrones que colocaba sobre la tela. Tampoco estuvo en América. Sé que visitó una ciudad del extranjero, pero no recuerdo el nombre.
Vivíamos en el piso bajo de un edificio modernista del barrio del Ensanche. El balcón se levantaba a un metro escaso de la calle, en una manzana de comercios y portales tristes. La parte trasera del edificio daba a un patio cubierto por claraboyas debajo de las cuales se escondía el taller de mi padre.
Los límites del mundo se restringían al margen de acera que rodeaba la manzana. Un territorio ocupado por personajes que el paso del tiempo ha terminado por difuminar, lo mismo que el color de los países al rebajarlo con el algodón
.”

Seguro que me dejo muchos, seguiré pensando en ello. ¿Cuales son los vuestros?

2 comentarios:

Fogones dijo...

El meu preferit, sens dubte, es "El día en que Santiago Nasar iba a morir..." (o alguna cosa així, cito de memoria) Crónica de una muerte anunciada, de GGMarquez. La primera ratlla t'està justificant el títol. Pocs com ell saben trobar les paraules més adeqüades, pels moments més adeqüats.

xavi dijo...

Si, estic d'acord, es un gran principi... però incloure dos de Gabriel García Márquez em semblava excesiu i jo - és el llibre que he llegit mes cops - em quedo amb el de "Cien años de soledad". Queda apuntat amb el teu comentari.