23 noviembre 2004

DIARIO DE UN OCIOSO
Domingo, 21 de noviembre de 2004


Pese al jolgorio nocturno que rodeaba a nuestra pensión hemos dormido bien. Me levanto cuando suena el despertador y veo que el sol nos acompañará hoy. Parece que el viento, que irá desapareciendo a lo largo de la mañana, también acompañará en nuestro regreso a Palamós.
Me ducho y tengo una primera pelea con la deficiente ducha de nuestra habitación. Mientras María José se ducha acabo el libro de Herbert Rosendorfer y tengo una segunda lucha con los mandos de la ducha (de la que, contra todo pronóstico, salgo victorioso y consigo cerrar el agua caliente entre una nube de vapor terrible).
Nos reencontramos con los compañeros y desayunamos en un bar junto al puerto. Cuando llega el patrón zarpamos. Nada más salir del puerto izamos la vela pero pronto descubrimos que, si no soplamos todos con fuerza, no avanzaremos demasiado. Aprovechamos para instruirnos en el uso del sextantepuesta de sol a bordo del Rafael y el compás de marcación.
El sol ayuda a disfrutar de la jornada en el mar y, a falta de viento, bueno es un aperitivo a bordo. El cava aparece pronto y nos acompaña durante el resto de la singladura. Leer (empiezo el “Iacobus” de Matilde Asensi), contar y – sobretodo - escuchar historias, mirar hacia el horizonte y refrescarse con una copita se convierten en nuestra única preocupación.
A medida que el sol desaparece nos acercamos al puerto de Palamós. Recogemos vela y, ya a oscuras entramos en el puerto. Ayudamos a recoger el barco – que descansará durante unos días – y, tras el brindis de despedida (hemos tenido mucha suerte y nos ha tocado un grupo muy majo), emprendemos el viaje de vuelta.
Son más de las 9 cuando llegamos a casa agotados pero muy contentos.
puerto de Palamós el Rafael

cartas a la antigua china HERBERT ROSENDORFER. Cartas a la antigua China

Hay libros que se leen de un tirón. Este, además se lee con una sonrisa en la boca.
El planteamiento del libro es sencillo: Kao Tai, un mandarín del siglo X descubre la manera de viajar en el tiempo. Sus cálculos temporales no le engañan pero si los espaciales y aparece en el Munich de finales de los años 80, poco antes de la caída del muro.
Es un “extraterrestre” que analiza nuestra esquizofrenia cotidiana. No se salva nada: religión, cultura, costumbres, filosofía, arte... todo es analizado por la perpleja mirada de Kao Tai que narra nuestros desatinos en la correspondencia que mantiene con su – lejano en el tiempo- amigo.
El balance no puede ser más descorazonador. La mirada asombrada del viajante nos pone a todos delante del espejo donde descubrimos las contradicciones que forman parte de nuestro pan de cada día.
Como el Gurb de Mendoza, Kao Tai no entiende nuestra sociedad y ve, con la misma mirada perpleja, como hemos articulado nuestra sociedad. Pero pese al pesimismo que destila el análisis final y a las tristes expectativas de futuro que nos ofrece el libro, “Cartas a la antigua china” es un libro delicioso, sencillo y lleno de sentido del humor. Se lee en una sentada y se disfruta (yo lo he disfrutado mucho).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy contigo, muy ameno y divertido. Recomendable.

Diego J. dijo...

Tan ameno como decepcionante, el personaje se vuelve inverosímil hacia el último tércio de la novela. Kao Tai, entusiasmado con el gobierno del hijo del cielo, no puede después opinar que le democracia está bien. Los análisis que hace en esa parte de la novela no encajan con la visión del personaje, que debe ser por fuerza distinta de la del autor.

De cualquier modo me reí muchísimo durante su lectura, en especial durante los dos primeros tercios, aunque hay que reporocharle también algunos pequeños fallos que posiblemente se deban a la traducción.

Saludos.